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enero 14, 2005

Aquí no pasa nada

Torres más altas han caído... se dice al atisbar el final de algo grande, cotidiano, que parecía imperecedero. Luego cae, y en unos años se olvida. El de la fábrica de hielo le dijo al de las neveras que su invento no podía ser; tanta gente vivía de fabricar y repartir hielos. Mirando las cosas a corto plazo, esos años que son o rodean el presente, no es fácil ver lo que se avecina ni atisbar que lo imprescindible hoy será cadáver mañana. No pensaban los que alimentaban a paladas de carbón la máquina de vapor.... en el AVE. No imaginaban el email los telegrafistas, ni pensaban en Gutenberg los monjes copistas. A pesar de las contundentes lecciones de la historia, que esencialmente nos cuentan que el tiempo (los hombres, las gestas, los inventos, la tecnología...) pasa inexorablemente, en cada época hay un dinosaurio que no se resigna al meteorito que le ha caído encima. Pero el tiempo pasa y con él las cosas de ese tiempo, superadas (en ellos estamos) por algo mejor. Y aquí no pasa nada.

Así es posible que emporios industriales que (casi) mueven el mundo de hoy sean pronto polvo en la historia. Y que el padre le diga al hijo que, te lo juro, una vez hubo intermediarios que vivían del copyright. Y es natural que las especies en extinción sean gatos panza arriba. Quizá lo antinatural sea que hayan acumulado tanto poder durante tanto tiempo que su transición hacia su inevitable extinción —o hacia la superación o perfeccionamiento de un modelo— provoque tanto retraso, tanto daño colateral. Como la adolescente pidiendo perdón y pagando multas por descargar música de Internet. Quizá el problema actual es que la Red aporta una velocidad inusitada a los cambios llamados paradigmáticos, esos que van más allá de la superficie, de la apariencia de las cosas, y barren las raíces. Y plantan árboles nuevos. La pregunta es: ¿para bien o par mal? O: ¿A quien le importa? ¿A quién beneficia y perjudica? Desde luego que si las cosas cambian para mal, si el perjudicado es la gente (soy yo), el grito en el cielo no se oiría desde la RIAA, MPAA, SGAE, ETC. Nadie quiere el mal para músicos, artistas, periódicos, discográficas, estrellas de Hollywood. Pero no es razonable que su bienestar sea tan equidistante al del resto, su público.

Sobre los ‘modelos de negocio tradicional’ (¿a cuánto se remonta la tradición?) se cierne un tsunami que no pararán los abogados ni las amenazas. Han visto retirarse el mar —la gente en este caso, que se escapa, dispersa, a su control— pero van y levantan un dique en lugar entender el fenómeno, buscar otra altura. Ya nadie duda de que lo digital e Internet han cambiado la música (ahora se consume más que nunca). Pocos cuestionan que la segunda ola, más ancha, arrasará el cine (para bien, seguro). Y que, a la postre, todas las barreras sobre la cultura y la información caerán en dominó para el bien común. ¿Por qué no para el de las empresas? Las últimas en preguntarse "pero qué diablos pasa aquí" han sido los editores de enciclopedias, que han visto como un engendro libre y colectivo quiere reemplazar su saber ancestral. Que no, que no es eso; si alguien cree que ellos son más de fiar y lo hacen mejor que nadie, seguirán cobrando por sus tomos. La Wikipedia no pretende ser una alternativa, ni su millón de artículos una amenaza. Pero déjenla brotar en paz. Y si al final sale bonita y acaba con kilos sobre las estanterías, pues... no pasa nada. Más

Los medios de comunicación, en general, deberían coger la ola (que también es suya), en vez de pertrecharse para combatirla. Dicen las encuestas (la última de Gallup en EEUU) que Internet es el único medio informativo (una de sus patas) que crece en audiencia, frente a las caídas de periódicos, radio y televisión. Es obvio, ¿no?: ha habido que hacer un sitio a un alumno nuevo en la clase. Pero si además de eso va la Red y los espabila, los cambia e incluso los barre, será sólo porque lo hace mejor. O como a la gente le gusta, que es lo importante. Y, una vez más: aquí no pasa nada. Más

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